"Las frases, cuanto más profundas, son más vacías."
Miguel de Unamuno

martes, 16 de diciembre de 2014

"El hastío es, pues, en realidad, una representación enfermiza de la brevedad del tiempo provocada por la monotonía."


Autor: Thomas Mann
Obra: La montaña mágica

Apenas conozco a Thomas Mann, por lo que nada de lo que se diga gozará de buen sentido crítico, aunque a decir verdad, tampoco así se pretende. Ni siquiera he esperado a terminar esta novela para ponerme a divagar sobre ella, pero como esto andaba un poco abandonado, cubierto de polvo y carcomido por los ácaros de mi pereza paralizante, no me pondré más trabas a mi mismo para escribir de nuevo algo sobre buena literatura.
Hace algo menos de una semana leí otra de las famosas novelas del alemán, La muerte en Venecia, mucho más corta que esta, aunque igual de poco dinámica por lo que parece. Sin embargo lo que se mueve aquí, más que los argumentos, son las ideas. Ideas por cierto que en multitud de ocasiones giran en torno al propio ejercicio literario, describiéndolo con una belleza inaudita, tras lo que cualquier escritor precoz se verá motivado a esta práctica de enriquecedora quietud. Ese es el tipo de movimiento de la literatura de Thomas Mann, el de las palabras; por encima, por delante y a los lados del de sus personajes. Por ello no es extraño encontrar multitud de reflexiones acerca de todo tipo de cosas intercaladas en largas conversaciones, o incluso como si de verdaderos incisos sobre el desarrollo narrativo de la novela se trataran. El recientemente nombrado premio Cervantes de literatura, Juan Goytisolo, ha hablado de novelas más cercanas a la poesía y de novelas más parecidas a ensayos en relación con el uso de la palabra que en ellas se hace y de la práctica oratoria que permiten, para distinguir en el vasto terreno de la novela algunas obras de otras. Curiosamente Thomas Mann parece no estrecharse en ninguna de estas parcelas. Su reflexión rebosa belleza; su belleza ahonda en la profundidad del pensamiento. Este es precisamente, como en tantos otros novelistas de principios de siglo XX, uno de sus temas transversales: la relación entre la sensibilidad y la razón, entre cuerpo y alma, entre materia y espíritu. Esta distinción cartesiana aparece en la literatura como un parásito. Es el matiz filosófico que trepa por las páginas de miles de novelas como una vigorosa enredadera.
El entrecomillado es, como siempre, una excusa para hablar del autor, y como siempre también, lo elijo por convenirme personalmente, es decir, por afectarme, porque lo subscribo. Para bien o para mal he sido víctima del hastío. Aunque creo que es realmente difícil aburrirse profundamente, por largos periodos de tiempo, o incluso vivir en él indefinidamente. Más bien vivimos momentos de hastío, espacios vacíos en la ingente marabunta de tiempos sobrepoblados. Pero esto tiene más de intuición que de razonamiento, así que no seguiré con ello. Por otro lado, y a lo que viene realmente esta frase, extraída de una de esos interludios ensayísticos que se permite Mann sobre el tiempo, es que en el hastío el tiempo corre más rápido. Es una afirmación retorcida intencionadamente. El autor relaciona el contenido de lo acontecido en el tiempo con la sensación que experimentamos de su paso, sensación por otro lado inexistente, pues ¿a través de qué, o cómo hacemos para percibir el paso del tiempo sino es con la conciencia? Y ésta no forma parte de nuestro aparato sensible. Es simplemente una forma de hablar, está claro. Pues bien, Thomas Mann argumenta que el hastío, el tiempo liviano y vacío pasa rápidamente, las horas en él se consumen como el fosforo de las cerillas, sin dejar nada a su paso. Sin embargo, el tiempo pleno, aquel que se vive intensamente, ocupados en alguna ardua tarea, o sencillamente abandonados a algún placer, ya sea el más simple de una conversación o el más complejo que dedicamos a la lectura o a la sedante escucha de la música, todo ese tiempo, amplio, pesado, sólido, como lo define Mann, constituye en realidad largos momentos de experiencia, que en suma, son más. Más valiosos, pues se entrevé una caracterización del tiempo en términos de valor. El tiempo realmente valioso transcurre más lentamente; la monotonía es breve pues carece de valor.
En definitiva, y sobrepasando ahora los límites de la reflexión del autor alemán, el tiempo se mide en experiencias, pero éstas sólo tienen cabida en nuestra memoria, en nuestra capacidad para hacerlas nuestras y superarlas. La monotonía es breve ¿pero qué ocurriría si el hastío se intensificase y alargase indefinidamente debido a una incapacidad circunstancial de vivir las experiencias como tales, es decir, como conocimiento del pasado que nos es útil en el presente? En tal caso la brevedad de la monotonía, el rápido paso del tiempo se ampliaría sin fin dejando de ser breve para ser sola y penosamente monótono.

lunes, 17 de febrero de 2014

"No hay que creer que todo es verdad; hay que creer que todo es necesario."

Autor: Franz Kafka
Obra: El proceso

Estas palabras se las dice un sacerdote a K., tras lo que el protagonista comenta: "una opinión desoladora" y continúa "la mentira se convierte en el orden universal". Estas fresas son la conclusión a la conversación que se ha iniciado después de que el sacerdote le narre a K. un breve cuento muy curioso. Allí, un hombre de campo desea entrar en la ley, pero a las puertas de ésta le espera un guardián que poco más que le dice que en ese momento no le es posible la entrada. El cuento es muy recomendable; a la par que opaco. Pues bien, es precisamente sobre la opacidad del relato sobre lo que K. y el sacerdote mantienen una viva conversación, que como ya se ha dicho, concluye con el entrecomillado.
El proceso es una de esas obras que trasmite todo lo que pretende: angustia, desesperación, pérdida y desasosiego. Leyéndola uno se cree el propio K., sumergido en una literatura que no te da respuestas, en la que no sabes cómo has entrado, es imposible situarte y no se te avanza nada del final. El proceso es un auténtico proceso; donde todas las connotaciones negativas de esta palabra parecen imponerse. El proceso no es una lectura cómoda; nadie dijo que ninguna lectura tuviera que serlo. Estoy bastante seguro de que es lo que buscaba el autor, aunque nunca hay que perder de vista el contexto en el que las obras de Kafka nos han llegado, y cómo eso pudo -de manera irremediable a mi manera de ver- influir en nuestra lectura y percepción de las mismas. El proceso es una obra inacabada; parte de papeles sueltos en el despacho de Kafka y de fragmentos que hacía llegar a su mejor amigo por carta; otros tantos capítulos están incompletos, o se han perdido, o nunca se han publicado. En definitiva, es una obra fragmentada que presenta grandes problemas desde el principio, y en los que cualquier tipo de lectura sólo incidirá haciéndolos más grandes.
El entrecomillado podría hacernos pensar que esta serie de malas casualidades son en realidad el curso natural de las cosas, pero vayamos más despacio. Como dice K., esta frase, es desoladora. Hay que creer que todo es necesario, que nada es verdad, que todo forma parte de una gran mentira. Sin embargo, no se nos dice que esto sea así, sino que hay que creer que lo es. Como si cualquier tipo de conocimiento aquí fuera insuficiente y nos tuviéramos que rebajar a la siempre simpática creencia  Nos tenemos que creer la mentira, no nos queda más que aceptarla; nada pasa por el filtro de la verdad, nada se depura en algo tan fino y limpio como la verdad. El orden universal no conduce al universo a un orden de verdad, el mundo no se ordena conforme a ese patrón; no funciona con la herramienta de la verdad. ¿Qué propone Kafka, o el sacerdote, al trasmitirle a K. esta rotunda frase ante la que el protagonista sólo es capaz de mostrar asombro? O, si nos hacemos protagonistas nosotros ¿cómo deberíamos reaccionar ante tal afirmación? ¿Qué debería suponer para nosotros que no hubiese lugar para la opinión, donde la necesidad es la única guía? 

martes, 23 de julio de 2013

"La vida es quemar preguntas"
Autor: Antonin Artaud
Obra: El ombligo de los limbos


"¿Qué era Artaud? ¿Un poeta, un actor, un dramaturgo, un filósofo, un provocador, un loco?" Artaud es metáfora. Es el poeta hecho poesía. Su vida y su literatura, inseparables la una de la otra son la búsqueda incesante y sangrante de uno mismo. En la inmediata siguiente línea a la de nuestro entrecomillado afirma: "No concibo una obra separada de la vida". Su propia vida era ya en sí misma una obra. Desenvolviéndose unas veces en la desesperación, otras en la fantasía ayudado por la droga, cuando no en la locura, o todo ello en el manicomio. Personaje misterioso y singular, loco porque quizá se preguntaba con demasiada frecuencia quién era él.

Pero ese sufrimiento, esa pronunciada locura, esa pregunta sin respuesta que es uno mismo, es para él la vida. Quemar preguntas. No responderlas. ¿Cuál es la diferencia? Pues bien, si una respuesta es un discurso lógico, razonable o razonado; si una respuesta es donde se disuelve una pregunta y donde acaba de una vez por todas la duda, quemar preguntas es hacer de la duda un estado de vida. Quemar preguntas es sentir el fuego cerca, interiorizar el conocimiento que en sí mismo proporciona una pregunta. La vida es aprender de las quemaduras. Un sentimiento, unos sentidos, no miles de respuestas.
Artaud en su labor como dramaturgo se desprende de la palabra como el medio privilegiado de comunicación, enseñando los dientes al lenguaje de la razón. En su lugar, el teatro de Artaud es pura acción, es vida. Desaparece la palabra dejando lugar al confuso elenco de movimientos del actor, porque la vida no tiene respuestas, ni está escrita en ningún idioma que nosotros podamos entender. Hay que quemar preguntas porque es la única manera de hacer nuestro el mundo, hay que sentir las frías y afiladas puntas de la duda.
De una vez por todas, Artaud es un grito, que como la propia vida, nosotros debemos desgarrar, o dejar que nos desgarre.

viernes, 10 de mayo de 2013

"Un cobarde es un hombre capaz de prever el futuro. Un valiente casi siempre un hombre sin imaginación"

Autor: Charles Bukowski
Obra: La máquina de follar, Anagrama, 1987, Barcelona.
Página: 88

Bokuwski. Qué decir. Supongo que alguna vez en la vida uno debe leer a este genio y figura norteamericano, o quizá inútil, borracho y maleducado norteamericano. Hay que leerlo para poder decir de él una cosa o la otra. Personalmente, a mi me ha conquistado. Su estilo directo, sin tapujos, algo guarro, algo sucio y arrebatadoramente triste ha podido conmigo. Si a uno le gusta su estilo, ese estilo casi siempre tan inapropiado, inadecuado e irrespetuoso, es porque se siente, aunque sea un poco, identificado con sus personajes, sus historias... al fin y al cabo, sus vicios. Alcohólicos, vagabundos, putas y el gran elenco de personajes y personajillos que podríamos calificar de lumpen. Historias que no cuentan nada, que enseñan que la vida tiene sendas que la propia vida desconoce. Que se puede vivir siempre al borde de la muerte, de la pobreza, balanceándose al ritmo de la suerte y de las apuestas. 
La máquina de follar es una de sus primeras obras traducidas al castellano. Gracias a ella, a que consiguió penetrar de lleno en el público, el resto de su trabajo fue traducido, y con el mismo éxito. Es de momento la única obra suya que he leído. Que a decir verdad, no sólo es una obra, sino una maravillosa colección de relatos descarados, sinvergüenzas que te dan un manotazo en la cara. Sin duda alguna, no será lo último que lea de él.   
Hay toda una serie de admiradores de Bokuwski, pero de momento he decido no unirme incondicionalmente a ellos. También hay todo una recopilación de frases "celebres" (por decirlo de alguna manera) que esos admiradores no se cansan de coleccionar. Pero yo he elegido ésta.
Quizá sea el entrecomillado con el que más personalmente identificado me sienta. Soy un cobarde. Un decidido cobarde. Y me ha gustado poder leer que los cobardes al menos somos mejores en algo que los valientes. Tenemos imaginación, podemos prever el futuro.
Un cobarde es lento. Y lo es porque antes de abalanzarse decidido sobre alguna posibilidad, antes de correr con la cabeza alta por uno de los caminos, se para en la bifurcación e intenta imaginar qué monstruos, qué ríos desbordados, qué peligros al fin y al cabo, entrañará una decisión. A un cobarde le puede la cautela. Un cobarde no siente como corre el tiempo por sus venas. Es capaz de analizar la situación y no cometer un movimiento en falso. Pero seamos sinceros, un cobarde poco más tiene de bueno. Y es que a veces no dar un paso adelante, quedarse quieto, es exactamente el paso en falso. Lanzarse al vacío y dejar de lado de un vez por todas la imaginación, es necesario si quieres que tu vida no sea sólo algo más que literatura. Situarse en el plano de la realidad. Alienarse en la realidad, en las posiciones que la vida impone. Pero los personajes de Bukowski no se alienan. Viven como si la vida no fuera vida alguna. 
Y ya desde un tiempo pienso, y desde que leo a Bukowski más: si hay una manera de vivir, una única manera, o si da igual ser cobarde o valiente, borracho y pobre, si algo importa tener valores, tener casa y algo para comer. O si da todo igual, si no importa cómo te comportes, a quién ames o a quién odies, cuándo levantarte, cuándo emigrar, cuándo beber o alejarse de la gente. 

miércoles, 27 de febrero de 2013

"Nadie se lamenta de no tener lo que jamas tuvo, y el pesar no viene jamas sino después del placer y consiste siempre en el conocimiento del mal opuesto al recuerdo de la alegría pasada."

Autor: Etienne de La Boétie
Obra: El discurso de la servidumbre voluntaria

La Boétie es un autor nada conocido. Todo lo que sabemos acerca de él  se lo debemos a su intimo amigo Montaigne, quien publicó todo lo que nuestro autor pudo escribir, y no fue mucho -para nuestra desgracia- pues murió prematuramente. Vivió durante la primera mitad del siglo XVI, y aun hoy día sus escritos son actuales. Una y otra vez en la historia, cuando alguien hace un llamamiento a la libertad, La Boétie pone sobre la mesa su significativa obra. El discurso de la servidumbre voluntaria es el primer texto moderno que habla en un tono afiladamente subversivo. Es significativo que la revolución francesa supiera recuperar este texto como fundamento teórico.
Pero nuestro entrecomillado no trata de nada de eso. Aunque el grueso de la obra divaga sobre la siempre difícil cuestión de la libertad, en muchas ocasiones el autor se pierde y nos regala, unas veces anécdotas acerca del mundo clásico y otras pinceladas éticas que no pretenden ser estrictas clausulas. Y ese es el caso de esta frase, que sin ir más lejos, nos habla de felicidad.
Siempre que escribo tomo como referencia el pasado. El pasado ha sido mi gran musa. Ningún momento concreto, sino el hecho, de lo que ya no es, ni será. Lo que fue. El pasado nunca soluciona nada, y es el origen de la nostalgia. Ese es el mensaje que se escribe aquí entre comillas. Y que me recuerda a otra gran frase, esta vez de Jorge Manrique en sus Coplas a la muerte de su padre donde dice eso de que "cualquier tiempo pasado fue mejor". Me niego a pensar eso. No quiero desistir de las incontables posibilidades que me otorga mi hasta ahora corta vida. 
Y sin embargo, la breve reflexión de La Boétie me arrastra a pensarlo. En primer lugar sitúa el lamento en la perdida. Cuando pierdes algo, sólo en ese momento, el recuerdo de haberlo tenido puede martillearte y hundirte. Por otro lado, pone la felicidad en el lugar del origen; somos desgraciados cuando se nos niega esa felicidad. Ser feliz es la condición humana, vivir nos la roba. El paso del tiempo es cruel, y todos sabemos como acaba. 
De cualquier manera a mi siempre me gusta ver la nostalgia como un momento presente de felicidad. 
 

lunes, 17 de diciembre de 2012

"Si por un punto fuera de una recta trazamos una paralela a ella obtendremos una soleada tarde de otoño"

Autor: Luis Buñuel
Obra: Teorema

En cuanto he leído esta pequeña frase he sabido que tenía que estar aquí. La he encontrado en un libro que reúne y habla de la obra literaria -no muy conocida a decir verdad- del cineasta. No sé muy bien como denominar la obra en la que se encuentra. Prosa poética quizá, pero seguramente no. Y ese es parte del encanto que tiene la frase, pero también la pieza. Buñuel es surrealista, lo ambiguo, absurdo, lo ridículo e irracional gobierna casi por entero el grueso de la obra del artista. Es por eso que lo más probable es que el género de la obra no sea ninguno.
Me temo que voy a decir esto siempre que me proponga "analizar" una frase, pero es que las que han aparecido y todas las que ponga aquí van a ser especiales, o por lo menos yo les voy a encontrar una especialidad singular. Algo que las convierte en maravillosas. Palabras ordenadas de un modo u otro que generan un sorpresa, un sobresalto, un abrir la boca para afirmar con los ojos. Una sonrisa en la mente al saber que lo que has leído tiene un espíritu cargado, una intención subrayada. Eso es lo que me ha expresado con más fuerza que otra cosa esta construcción, este edificio con cimientos de letras, obra de un genio.
La frase carece de significado. Esa es la intención del surrealista. En un estado entre la vigilia y el sueño no cabe ninguna interpretación posible, o por lo menos no para nosotros: los despiertos.
Este condicional no merece estar aquí entonces por su significado. Está aquí por su belleza. Por su carácter puramente estético. Simple y llanamente porque es maravillosa. Es una frase sincera, no esconde nada.
Cada vez que se lee deja un  vaho en la retina... "...una soleada tarde de otoño"

Para terminar lo mejor es echar un vistazo al título de la obra.

jueves, 22 de noviembre de 2012

"El que viaja mucho va huyendo de cada lugar que deja y no buscando cada lugar al que llega"


Autor: Miguel de Unamuno
Obra: Niebla, Esapasa-Calpe, Madrid, 1979.
Página: 28

Si digo la verdad, no he acabado esta nivola de Unamuno, como él mismo la denominaría. Me he encuentro inmerso en su lectura, que hasta ahora está siendo todo un descubrimiento. Nunca había leído algo así. Es sencillamente magnífica. 
He encontrado entre las páginas de esta obra ya varias citas interesantes, de diverso género. Y es que la narración está abarrotada de humor, reflexión, poesía... una auténtica belleza. Pero me ha gustado resaltar esta corta frasecilla que, a mi parecer, tiene mucho que decir.
La frase es hasta tal punto triste, que desespera. Lo primero que hay que hacer es dejar clara una diferencia, que dará entrada al resto de la reflexión.
Y es que, en estas lineas se habla del viajante, del viajero, del emigrante, y no, como una simple vista puede hacernos errar, del turista. La diferencia es radical. Pues la palabra turista esconde un concepto que la etimología nos ayuda a descubrir. Turista y turismo en castellano, tienen origen en francés de la palabra tour, que no significa otra cosa que vuelta, y en tanto que vuelta, retorno. El turista es aquel que abandona un lugar con la intención siempre de volver. La diferencia con el viajero, con el emigrante, se hace evidente. Pues bien, me parece que Unamuno habla de estos últimos. 
El emigrante es el que pierde su casa, pierde su origen, y por tanto, se pierde un poco a sí mismo. Y esto es lo que viene a decir la frase. El que viaja mucho no hace más que perderse continuamente, pues no hace de ningún lugar al que llega su hogar. Más bien, como el mismo Unamuno dice en Niebla, convierte cada uno de esos sitios en su cenicero. El individuo del que habla nuestra frase se deja en esos lugares como calcinando su propia esencia, y al fin y al cabo no dejando nada de él allí. Es a fin último, un desgaste.
Esto es lo que interpreto de la primera parte del enunciado, que viene dividido en dos mediante una conjunción. La otra parte acentúa todavía más el carácter desgarrador de la frase. Ya que no solo este emigrante del que se habla ha perdido su casa, y la va perdiendo cada vez que abandona un lugar, sino que además no la va buscando, no la espera encontrar en ningún sitio. La segunda parte de esta frase deja constancia de la constante perdida en la que se encuentra el viajante. Y es que una vez perdido el hogar, no se hace de rogar la perdida de uno mismo. 

Es importante sentir que un lugar es la casa de uno, para así poder volver a encontrarse de vez en cuando, que dicho sea de paso, no viene nada mal.