"El que viaja mucho va huyendo de cada lugar que deja y no buscando cada lugar al que llega"
Autor: Miguel de Unamuno
Obra: Niebla, Esapasa-Calpe, Madrid, 1979.
Página: 28
Si digo la verdad, no he acabado esta nivola de Unamuno, como él mismo la denominaría. Me he encuentro inmerso en su lectura, que hasta ahora está siendo todo un descubrimiento. Nunca había leído algo así. Es sencillamente magnífica.
He encontrado entre las páginas de esta obra ya varias citas interesantes, de diverso género. Y es que la narración está abarrotada de humor, reflexión, poesía... una auténtica belleza. Pero me ha gustado resaltar esta corta frasecilla que, a mi parecer, tiene mucho que decir.
La frase es hasta tal punto triste, que desespera. Lo primero que hay que hacer es dejar clara una diferencia, que dará entrada al resto de la reflexión.
Y es que, en estas lineas se habla del viajante, del viajero, del emigrante, y no, como una simple vista puede hacernos errar, del turista. La diferencia es radical. Pues la palabra turista esconde un concepto que la etimología nos ayuda a descubrir. Turista y turismo en castellano, tienen origen en francés de la palabra tour, que no significa otra cosa que vuelta, y en tanto que vuelta, retorno. El turista es aquel que abandona un lugar con la intención siempre de volver. La diferencia con el viajero, con el emigrante, se hace evidente. Pues bien, me parece que Unamuno habla de estos últimos.
El emigrante es el que pierde su casa, pierde su origen, y por tanto, se pierde un poco a sí mismo. Y esto es lo que viene a decir la frase. El que viaja mucho no hace más que perderse continuamente, pues no hace de ningún lugar al que llega su hogar. Más bien, como el mismo Unamuno dice en Niebla, convierte cada uno de esos sitios en su cenicero. El individuo del que habla nuestra frase se deja en esos lugares como calcinando su propia esencia, y al fin y al cabo no dejando nada de él allí. Es a fin último, un desgaste.
Esto es lo que interpreto de la primera parte del enunciado, que viene dividido en dos mediante una conjunción. La otra parte acentúa todavía más el carácter desgarrador de la frase. Ya que no solo este emigrante del que se habla ha perdido su casa, y la va perdiendo cada vez que abandona un lugar, sino que además no la va buscando, no la espera encontrar en ningún sitio. La segunda parte de esta frase deja constancia de la constante perdida en la que se encuentra el viajante. Y es que una vez perdido el hogar, no se hace de rogar la perdida de uno mismo.
Es importante sentir que un lugar es la casa de uno, para así poder volver a encontrarse de vez en cuando, que dicho sea de paso, no viene nada mal.
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