"El hastío es, pues, en realidad, una representación enfermiza de la brevedad del tiempo provocada por la monotonía."
Autor: Thomas Mann
Obra: La montaña mágica
Apenas conozco a Thomas Mann, por lo que nada de lo que se
diga gozará de buen sentido crítico, aunque a decir verdad, tampoco así se
pretende. Ni siquiera he esperado a terminar esta novela para ponerme a divagar
sobre ella, pero como esto andaba un poco abandonado, cubierto de polvo y
carcomido por los ácaros de mi pereza paralizante, no me pondré más trabas a mi
mismo para escribir de nuevo algo sobre buena literatura.
Hace algo menos de una semana leí otra de las famosas
novelas del alemán, La muerte en Venecia,
mucho más corta que esta, aunque igual de poco dinámica por lo que parece. Sin
embargo lo que se mueve aquí, más que los argumentos, son las ideas. Ideas por
cierto que en multitud de ocasiones giran en torno al propio ejercicio
literario, describiéndolo con una belleza inaudita, tras lo que cualquier
escritor precoz se verá motivado a esta práctica de enriquecedora quietud. Ese
es el tipo de movimiento de la literatura de Thomas Mann, el de las palabras;
por encima, por delante y a los lados del de sus personajes. Por ello no es
extraño encontrar multitud de reflexiones acerca de todo tipo de cosas
intercaladas en largas conversaciones, o incluso como si de verdaderos incisos
sobre el desarrollo narrativo de la novela se trataran. El recientemente
nombrado premio Cervantes de literatura, Juan Goytisolo, ha hablado de novelas
más cercanas a la poesía y de novelas más parecidas a ensayos en relación con
el uso de la palabra que en ellas se hace y de la práctica oratoria que
permiten, para distinguir en el vasto terreno de la novela algunas obras de
otras. Curiosamente Thomas Mann parece no estrecharse en ninguna de estas
parcelas. Su reflexión rebosa belleza; su belleza ahonda en la profundidad del
pensamiento. Este es precisamente, como en tantos otros novelistas de
principios de siglo XX, uno de sus temas transversales: la relación entre la
sensibilidad y la razón, entre cuerpo y alma, entre materia y espíritu. Esta
distinción cartesiana aparece en la literatura como un parásito. Es el matiz
filosófico que trepa por las páginas de miles de novelas como una vigorosa
enredadera.
El entrecomillado es, como siempre, una excusa para hablar
del autor, y como siempre también, lo elijo por convenirme personalmente, es
decir, por afectarme, porque lo subscribo. Para bien o para mal he sido víctima
del hastío. Aunque creo que es realmente difícil aburrirse profundamente, por
largos periodos de tiempo, o incluso vivir en él indefinidamente. Más bien
vivimos momentos de hastío, espacios vacíos en la ingente marabunta de tiempos
sobrepoblados. Pero esto tiene más de intuición que de razonamiento, así que no
seguiré con ello. Por otro lado, y a lo que viene realmente esta frase,
extraída de una de esos interludios ensayísticos que se permite Mann sobre el
tiempo, es que en el hastío el tiempo corre más rápido. Es una afirmación
retorcida intencionadamente. El autor relaciona el contenido de lo acontecido
en el tiempo con la sensación que experimentamos de su paso, sensación por otro
lado inexistente, pues ¿a través de qué, o cómo hacemos para percibir el paso
del tiempo sino es con la conciencia? Y ésta no forma parte de nuestro aparato
sensible. Es simplemente una forma de hablar, está claro. Pues bien, Thomas Mann
argumenta que el hastío, el tiempo liviano y vacío pasa rápidamente, las horas
en él se consumen como el fosforo de las cerillas, sin dejar nada a su paso.
Sin embargo, el tiempo pleno, aquel que se vive intensamente, ocupados en
alguna ardua tarea, o sencillamente abandonados a algún placer, ya sea el más
simple de una conversación o el más complejo que dedicamos a la lectura o a la
sedante escucha de la música, todo ese tiempo, amplio, pesado, sólido, como lo
define Mann, constituye en realidad largos momentos de experiencia, que en suma,
son más. Más valiosos, pues se entrevé una caracterización del tiempo en
términos de valor. El tiempo realmente valioso transcurre más lentamente; la
monotonía es breve pues carece de valor.
En definitiva, y
sobrepasando ahora los límites de la reflexión del autor alemán, el tiempo se
mide en experiencias, pero éstas sólo tienen cabida en nuestra memoria, en
nuestra capacidad para hacerlas nuestras y superarlas. La monotonía es breve
¿pero qué ocurriría si el hastío se intensificase y alargase indefinidamente
debido a una incapacidad circunstancial de vivir las experiencias como tales,
es decir, como conocimiento del pasado que nos es útil en el presente? En tal
caso la brevedad de la monotonía, el rápido paso del tiempo se ampliaría sin
fin dejando de ser breve para ser sola y penosamente monótono.
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